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7 Ago

Harry Caul. Profesión: voyeur

De entre los no pocos méritos que hay que concederle a Francis Ford Coppola por The conversation (abril de 1974), estrenada entre The Godfather (1972) y The Godfather II (diciembre de 1974), hoy vamos a destacar especialmente uno: haber ofrecido una de las mejores representaciones del voyeur. Porque si algo es Harry Caul —interpretado por un soberbio Gene Hackman—, más que un detective implacable, más que un inquilino discreto y, desde luego, más que un amante fogoso, sin duda es un voyeur profesional. Un voyeur por excelencia. Un voyeur que complementa, y tal vez supera, al que James Stewart representara en The rear window, al programa de TV cuya víctima era Jim Carrey en The Truman Show, o al perverso sistema ideado por Orwell en 1984

Ojo, spoilers a tutiplén. 

Harry Caul es un tipo tan gris como la gabardina que no se quita en toda la película, ni siquiera para abrazar a su amante. Por suerte o por desgracia, ha encontrado en la profesión de detective el mejor escondite para su verdadero ser. Y es que Caul se caracteriza por la obsesiva fijación por la vida de los demás, que llega hasta la anulación de la suya propia. Coppola construye el personaje utilizando como hilo conductor una conversación entre dos enamorados grabada hábilmente por Caul, en torno a la que gira la trama una y otra vez. A través de la conversación conocemos a un detective brillante que termina absorbido por su voyeurismo, desquiciado entre las voces que le rodean y desmantelando su propia casa en busca de micrófonos ocultos. Pero más allá de la trama, cuyos vacíos ya han sido señalados por la crítica, el cómo Coppola dibuja tan sombrío y contemporáneo personaje es lo que resulta de interés aquí. Algunos matices de la película ayudan a comprender mejor su condición de voyeur. 

La primera vez que entra en su casa Caul abre tres cerraduras, muestra del hermetismo que rodea tanto a su hogar como a sí mismo. Al entrar se da cuenta de que su casera ha logrado entrar para dejarle un recuerdo por su cumpleaños; esto, lejos de agradarle, le incomoda en exceso. Acto seguido, Caul se dirige de improviso a casa de su amante, en la que entra con su propia llave. Una vez dentro, la chica desvela que no sabe prácticamente nada de él, mientras que él no soporta hablar de sí mismo. Es más, a su casera le dijo que no tenía nada de valor en la casa y a su amante le dice que no tiene secretos. Así, Caul se nos presenta en primera instancia como una persona cuya casa —y cuya vida— está llena de cerrojos mientras entra sin avisar en la de los demás. Coppola ya ha construido la mitad del asunto. 

Todavía en esa pequeña habitación del sótano donde vive su amante, Coppola comienza a mostrar la cara B de Caul. Ella le confiesa saber que él va a su apartamento cuando ella no está, así como que una vez le vio escondiéndose y mirando durante una hora entera. Más aún, ella cree que él le ha pinchado el teléfono para escuchar sus conversaciones. Es decir, ella no sabe dónde vive él, pero él tiene las llaves de su casa; ella no sabe cuándo es su cumpleaños ni cuántos años cumple, pero él la espía a escondidas; ella no sabe en qué trabaja él, pero él paga la renta del sótano en el que ella vive. Minuto 23 de la película y ya conocemos al perfecto voyeur: Harry Caul.  

Otros gestos durante el transcurso de la película subrayan siempre un matiz sobre Caul: su impulso de voyeur es irrefrenable. Uno de ellos ocurre cuando se persona en la oficina de los tipos malos que van a comprarle la grabación de la conversación. Allí hay un telescopio y, mientras espera, su incontenible curiosidad le lleva a acercarse y mirar por el objetivo. A ningún sitio, a nadie, a nada, pero da igual: él mira. No puede detenerse. Otro se nos presenta cuando Caul toma conciencia de cuánto le perturba que mueran personas por sus pesquisas. Es decir, su trabajo puede llegar a costar vidas, y esto le derrumba hasta llevarle al confesionario de una iglesia. Sin embargo, no lo frena. Su impulso es mayor que su culpa. 

Pero Caul es un voyeur tímido, como ya hemos dicho, tan interesado en los demás como en pasar desapercibido. Por eso cuando le preguntan sobre su vida responde con más preguntas sobre la de los demás. Su difusa identidad es transmitida en varias ocasiones a través de la imagen, como cuando en una fiesta nocturna otro detective alardea sobre cómo Caul captó una trascendental conversación en Nueva York y Coppola lo difunde tras una cortina translúcida. Una estrategia que sigue en otras escenas, en las que Caul aparece detrás de una reja, de un vidrio translúcido, de una cortina o de un filtro. Esa es su verdadera identidad: ese es Harry Caul cuando hablan de él. Un ser translúcido tras una membrana borrosa. De hecho, el propio Caul disuelve la fiesta muy enojado al descubrir que el otro detective le ha gastado una broma grabándole manteniendo la única conversación de toda la película en la que Caul se muestra como es. 

Finalmente, Caul se presenta en el hotel donde según sus escuchas iba a producirse un crimen. En un golpe demasiado inteligente, Coppola deposita en el espectador intuir si Caul acude para evitarlo o para presenciarlo como el voyeur que es. Además, el director refuerza ese carácter durante toda esta parte, en la que Caul ya no habla. Sólo vemos y oímos la tormenta en la cabeza de Caul: su voyeurismo, la habitación del hotel, y lo que sea que allí pase. Tras analizar cada rincón del escenario, Caul presencia el asesinato a través del vidrio translúcido del balcón, desfallece de culpabilidad y miedo, para luego entrar en la otra habitación y descubrir, al usar la cisterna, la sangre del asesinato. 

No ha lugar concluir este repaso a The conversation sin mencionar la banda sonora y su labor intachable en la construcción del personaje. Caul, frecuentemente rodeado por sonidos propios de las escuchas, de la conversación y de los equipos técnicos, termina sólo en su habitación con el único sonido de su saxo. Con la ayuda de la banda sonora, Coppola consigue que durante toda la película el espectador acompañe a Caul. Nos volvemos todos voyeurs con él: oímos sus ruidos, vemos sus imágenes, sentimos su obsesiva inquietud. Y para el recuerdo quedan los últimos veinticinco minutos del film, que transcurren prácticamente en silencio con los únicos sonidos propios de la acción. Acabamos la película tan exhaustos como Harry Caul. La mejor síntesis la realizaría él mismo, en una frase: ‘I am not afraid of death, I am afraid of murder’. Es decir, igual que no se interesa por él sino por otros, no le preocupa su propia muerte sino la de los demás. Su vida es la de los otros. Voyeur hasta las últimas consecuencias. 

The conversation anticipaba en 1974 un fenómeno que en nuestros días encuentra su máximo apogeo. Hoy ya no es novedad que nos encanta mirar, ni tampoco que nos encanta más si nadie sabe que miramos. ¿Cuántos Harry Caul habrá hoy tras los perfiles de Instagram?

David

Transferencias entre arquitectura, arte, cultura y política.

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