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2 Sep

Añoranzas

Este año 2020 pasará a los libros de texto para las próximas generaciones. Sin embargo, enfoques diferentes sobre lo que ha supuesto esta pandemia los hay miles. En ocasiones, a falta de saber cómo definir un concepto, existe una tendencia a explicar su contrario y, así, dar a entender aquello que sentimos o vivimos, pero que no sabemos explicar. Con este momento histórico pasa algo similar. ¿Parón, crisis, oportunidad, época de reflexión, reinvención, ruina? Son demasiados los atenuantes que conciernen a las diferentes mentalidades, formas de educación, carácteres, clases sociales o económicas como para poder quedarnos con una verdad absoluta. De hecho, ésta probablemente no existe. Lo que para unos puede resultar revelador, para otros bien puede ser insignificante, y viceversa. Personalmente, yo no sé definir qué está significando esta época para nuestra sociedad con precisión, pero sí me atrevo a diagnosticar aquello que ha quedado en entredicho y en evidencia cuando se ha producido, de esta manera tan brusca y tajante, la crisis originada por esta pandemia mundial: vivimos en una vorágine insostenible.

En tiempos de incertidumbre es difícil y a menudo inservible tratar de jugar a ser gurús de aquello que no fue y pudo ser, o incluso de aquello que quizás será. Sin embargo, creo que es un ejercicio de obligada realización el hecho de analizar las situaciones que conciernen al momento en que todo parece desmoronarse, y tratar de entender qué papel estamos jugando cada uno de nosotros en esta ruleta rusa en la que la sociedad ha basado su funcionamiento en las últimas épocas. Hablo de vorágine, pues sin esta obligada pausa jamás nos habríamos parado a reflexionar ciertos estándares que nuestra sociedad ha asumido con el paso del tiempo. Me refiero al estrés puramente aceptado como compañero obligado de viaje en un mundo laboral que a casi nadie gusta o hace sentir realizado; o a la banalización más absoluta del amor y las relaciones personales y familiares, que han pasado a basarse en mensajes de whatsapp y alguna que otra cena relativamente cara los viernes a la noche. ¿Qué nos queda, pues, de aquellas reuniones familiares de antaño, cuando las familias eran familias, se cotizaba lo mismo o más y se valoraban realmente las relaciones en persona? ¿Cómo o en qué momento hemos cambiado tanto, pues ahora es posible tener pareja a través de un móvil y no conocer siquiera sus gestos durante una tarde entera en el sofá?

Esta vorágine define perfectamente la actualidad que vivimos, y es también la culpable de que esta caída de nuestro sistema social parezca imparable, además de inevitable. Hemos asumido e interiorizado con el paso de los años diferentes tendencias, pautas, comportamientos y actitudes que nos han ido deshumanizando sin que nos demos cuenta. Criticamos, entre copa y copa, con amigos y hasta con familiares, la poca dedicación que podemos tener entre nosotros y para con nuestras familias; mientras que aceptamos a la mañana siguiente, pese a la resaca, que esa es la vida que nos ha tocado vivir y que como tal hay que vivirla. Nos resignamos a pararnos a pensar sobre aquellas cosas que querríamos cambiar, y lo hacemos por puro miedo a dar los pasos necesarios para que se produzca ese necesario pero también aterrador cambio. Además –y aunque resulte paradójico-, vivimos en un confort que es de todo menos cómodo, creyendo que tenemos una seguridad –laboral, familiar o emocional- que no es en ningún caso segura y dando por hecho que el amor de nuestros seres queridos es incondicional y eterno, pese a tampoco ser necesariamente así. Qué ironía del destino pues, que tenga que ser un virus el que venga y nos detenga abruptamente para decirnos que nada de esto importa, que todo es efímero y que tenemos que recuperar la racionalidad y la valentía. Que la crítica sin acciones no sirve para nada y que ser conformistas nos entrega a un sistema que nos exprime –y oprime- sin piedad y sin que casi nos demos cuenta.

Como bien dije antes, ni me gusta ni pretendo jugar a ser gurú, pero si algo tengo claro es que cada día fantaseo más con la idea de vestirme de Henry David Thoreau y marchar unos meses a mi «Walden» (libro publicado en 1854) particular -lejos de la contaminación, el ruido y el ajetreo de la ciudad actual-; con dejar atrás vicios modernos que nos mantienen atados y absortos entre tanta tecnología, con recuperar las miradas sinceras y llenas de vergüenza, enviar cartas o volver a hablarnos, vernos y querernos en persona. Sin embargo, a la vez que fantaseo con un futuro que mira al pasado, recuerdo con nostalgia aquel pasado que, precisamente, evoca ciertas cosas que hoy echo de menos. El valor de una foto, para la cual sólo había una posible toma y un posterior proceso de revelado, se ha devaluado hasta el punto de que hacemos cientos de ellas y no le damos valor alguno a ninguna de ellas. Es un ejemplo que define a la perfección nuestra sociedad, igual que ya nadie imagina -ni respeta- una sobremesa sin móviles, que nos hacen estar más presentes a través de la pantalla que a través de la mesa en la que nos sentamos… Podría enumerar hasta la saciedad, pero no es el objeto de este artículo. De hecho, sin ir más lejos, la pandemia originada por el Covid-19 nos ha acercado un poco más a aquellas tendencias de las que hablo con añoranza. Hemos vuelto a vernos las caras en familia, aunque haya sido a través de una pantalla, y hemos jugado al parchís y hasta rechazado algún que otro plan por tener una reunión familiar a la que, esta vez, no hemos querido faltar. Hemos llamado a nuestros abuelos y hemos sentido que, en realidad, echamos de menos muchas cosas. No dudo, en definitiva, que saldremos lastrados de esta crisis a muchos niveles, tanto emocionales como económicos; pero tampoco dudo que ésta habrá sido una oportunidad inmejorable para reencontrarnos con nosotros mismos, con nuestros valores y con nuestra gente. Será duro, pero quizás salgamos de esta situación siendo más críticos, más conscientes y más humanos.

RGG

Arquitecto, emprendedor, inquieto, lector e intento de escritor.

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